Siempre le había encantado la lluvia cuando la observaba desde la ventana, envuelta en una manta, o bajo una sudadera varias tallas más grandes y tres pares de calcetines. Pero aquella vez era distinto, la lluvia la había sorprendido en mitad de aquel bosque, ataviada tan sólo con un finísimo vestido veraniego, a rayas azules y rojas. El pelo empapado se le pegaba al rostro y los pies helados y llenos de tierra la hacían tropezar una y otra vez. Corrió y corrió para ver si podía llegar a algún lugar fuera de aquel bosque y de aquella fría lluvia. Pero no había salida, tendría que esperar allí hasta que la lluvia cesara. Siguió corriendo para mantener el calor hasta que no pudo más. Entonces se sentó al pie de un árbol a esperar, sintiendo como cada gota le perforaba la piel y la hacía estremecer. Y allí tiritando bajo lo que quedaba de su vestido, se dio cuenta de que lo único que podría haberla hecho entrar en calor era un beso. Un reconfortante y bonito beso.
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