viernes, 29 de junio de 2012

Delirios del día y la noche.

Estoy aquí, en París, en una habitación inspiradora. Mientras todos corretean freneticamente por la casa con el único fin de no llegar tarde yo descanso aquí, en una cama multicolor y ya preparada desde hace horas. Por la ventana puedo ver como el sol va ganando terreno a la fría sombra y todo se va calentando poco a poco. Aún así quedan restos de la fría y bella lluvia de esta noche, todavía tengo esas gotitas clavadas en el alma. Ahora se nubla, vuelve el frío y siento unas ganas enormes de morir bajo una ducha caliente, pero la otra chica sigue en el baño y sin muchas intenciones de salir. Quizás deba esperar a esta noche, pues hemos quedado en unos veinte minutos, de todas formas espero pacientemente mi turno. Los cientos de libros colocados en las estanterias sin orden ni concierto me recuerdan a mi propia habitación, en la que escogía ropa al azar y la metía en una maleta hace tan solo dos días. No ha pasado mucho tiempo desde que dejé Sevilla, pero aún me queda un mes para volver. De repente ha pasado todo un día y me refugio bajo el edredón. Ahora, bajo la inmensidad de la noche, echo de menos su presencia, que me abrace con más fuerza después de responder que sí  a uno de sus "¿tienes frío?". Echo de menos su forma de besar, distinta a cualquiera de las que he probado. Y esto, viniendo de mi, es extraño y puede parecer simple o infantil. Pero esto,amigos mios, es lo que siento.

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